al pan, pan...

A mi mamá le encanta decirle a medio mundo que no me gusta ir a Villa del Carbón y a veces pinta un panorama tan dramático que cualquiera pensaría que cada vez que voy seguramente tuvieron que arrastrarme o cargarme para forzarme a subir al auto para ir a su pueblo.

La realidad, mi realidad, es que me gusta el lugar pero hay un no se qué él que tan solo llegar ahí me provoca tal relajación que lo único que quiero es dormir. Sí, dormir y ya. Si es en casa del abuelo lo mejor que puedo hacer es buscar una cobija, echarla sobre el pasto del jardín y tirarme bajo el sol por horas, por supuesto dormida. Y si es en casa de la abue pues no me queda mas que subirme a la cama y dejar que pase el tiempo. Está en mi sistema, nada que pueda hacerse.

Así es que no es que no me guste, simplemente me tumba. O quizá es que entre mis múltiples y nuevas alergias debo incluir el aire tan puro y fresco de Villa del Carbón, a diferencia del que respiro diariamente en un séptimo piso sobre Insurgentes.

Y hablando de aires y aromas... y de Villa...

El domingo pasado bajé al pueblo con las amigas que con todo y lluvia y neblina se lanzaron desde la mesmésima Satelandia hasta allá para festejar con Marijose y muá el Día de Muertos. A que re-bien la pasamos! Caminabamos por el centro luego de almorzar en el puesto de Rosita y Pepe cuando de pronto percibí un olor ri-quí-si-mo en el aire. Lo seguí, así cómo personaje de caricatura, y llegué a una panadería. ¿Qué pasó? Pues que de nada sirvió la caminada para bajar las quesadillas!

Me encontré con que recién acababan de hornear cientos de conchas de vainilla y obviamente no resistí la tentación de comerme una ahí, llevarme una charola para convidar y hasta acercarme al horno donde las hacen.

Pensando en mi retiro, definitivamente esa panadería sería un lugar delicioso para trabajar; así es que a pesar de lo que digan sobre mi relación con "La Villa", hasta podría considerar vivir ahí.