Érase una vez, en el reino de los caprichos en donde absolutamente todo puede y debe suceder, una niña Caprichosa que dormía y soñaba profundamente. Quién sabe qué soñaba, para qué inventarles cuentos? Lo que es cierto es que estaba tan pero tan profundamente dormida que ni el sonido más alto de la trompeta más desafinada de un mariachi panzón lograría despertarla. Bueno, lo anterior suena perfecto para un cuento pero la verdad es que esa noche, un par de horas antes del amanecer un ruido en la calle la despertó y la hizo bajarse de su cama, arrojando sus almohadas y edredones al aire.La princesa, ahora ya se me antojó que sea princesa, Caminó len-ta-men-te y de puntitas con los ojos casi cerrados dirigiéndose a la ventana. Parecía que había una luz muy brillante así es que se asomó entre las cortinas y vió frente a su casa-castillo un manto de neblina iridescente del cual salían rayos de luz de colores que apuntaban a todos lados y atravesaban las ventanas.
Seguro algo mágico había en esa nube pues hasta se veían chispitas plateadas como las de las varitas de vengala de navidad. Además, en su sala pasaban cosas raras: las imágenes parecían salirse de los cuadros, el piso parecía moverse y los sillones flotaban. La niña Caprichosa no lo podía creer, se preguntaba qué pasaba, y frotó sus ojitos para despavilarse y asegurarse de lo que estaba viendo pero al frotarse los ojos todo volvió a la normalidad: los sillones estaban en su lugar, el piso no se movía y los cuadros únicamente parecían borrosos.
Parecía que aquél sonido había desaparecido pero no, ahí seguía y a medida que la niña Caprichosa se acercaba a la puerta, el sonido era más fuerte y claro. Y se dió cuenta de que le era conocido, era música, una melodía, quizá una canción.
Abrió la puerta, se acercó unos pasos y pudo ver que detrás de esa nube de colores había una nave. Sí, era un platillo volador, tenía que serlo pues qué otra cosa flotaría así sobre el pavimento? Y de pronto una puerta se abrió y de la nave descendió una creatura de piel muy clara, ojos verdes, boca pequeña y cuerpo... curioso. Él se acercó, ella se detuvo, se paralizó, la música siguió, él empezó a cantar, al menos lo intentó, y ella no supo si gritar o correr a su casa o, por qué no, correr hacia él.
Y pues palabras más, palabras menos (pero más bien menos) esto es lo que pasó cuando al Piloto Q se le ocurrió estacionarse frente a mi casa, prender su estéreo, y despertarme por que don Ron Matusalém le hizo "pensar" que podía despertarme y llevarme "serenata" ¿?
En cuanto a mí, claro está que todo lo veía borroso y hoy, a muchos días de distancia, sólo se me ocurrió escribir este cuento.
Final Feliz