Ví mi reloj y eran casi las cuatro cuando le pedí que nos fueramos pero me volvió a decir lo feliz que era y lo bien que se sentía.
Pensé en lo casi perfecto que podía ser ese momento. En lo inolvidable que sería esa primera vez. Porque fué la primera vez. La primera vez que dejé los sentimientos a un lado, la primera vez que actué por decisión y no por corazón.
Y confundida entre las prisas, el cansancio y su tan alardeada felicidad decidí dejar de pensar y cuestionar y disfrutar de los últimos momentos de la noche y los primeros de la madrugada.
Y lo besé y me levanté. Y soñé.
Y pensé en que quizá sí habrían más momentos junto a él.
Y nuevamente me interrumpió, pero pidió perdón.
Perdón por no ser él mi amor.
Perdón por no ser yo el de él.
Perdón porque se enamoró, pero no de mí.
Perdón porque cuando hablaba no se refería a mí.
Y floté. Floté más que en esas últimas horas.
Y poco a poco entre sus palabras atterricé.
Y recordé que los besos y el tequila no se mezclan.
Y dejé de pensar.
Y dejé de sentir lo poco que sentí.